Por Jorge Ottati (@JorgeOttati

Diego Armando Maradona regresó a la ciudad de Nápoles después de ocho años de ausencia en tierras italianas. Su último partido como futbolista profesional lo disputó en 1997 y sus experiencias como director técnico, hasta el momento, no han sido afortunadas. Su apariencia cambia todos los meses, al igual que su peso y su estado de ánimo, pero existe algo que se mantiene inalterable: su carisma.

La gente lloró en Nápoles al verlo en el balcón de un hotel. La canción “Mamma, ho visto Maradona” se escuchó por todo lo alto, entonada por jóvenes enfervorizados que ni siquiera habían nacido cuando Maradona ganó sus títulos con el Napoli. Las banderas, las bufandas, las antiguas camisetas celestes con la marca de chocolates Mars y las fotos en las manos de miles de fanáticos ayudan a comprender el magnetismo que Maradona ejerce sobre las masas.

Existen muy buenos futbolistas hoy en día, y algunos de ellos son comparados con los mejores jugadores de todos los tiempos, pero ninguno de ellos desata la pasión que aflora cuando una persona ve a Maradona.

Cristiano Ronaldo y Lionel Messi son los futbolistas que acaparan todos los elogios por sus títulos, sus goles, sus récords, su capacidad con el balón y por ser las figuras más representativas de los dos clubes más populares de la actualidad.

Pero, ¿son idolatrados de la misma manera que a Maradona en la década del 80?  ¿Son admirados y respetados de la misma forma que al gran ídolo argentino?

Recordemos que a Maradona se lo veía solamente una vez por semana en sus partidos de Serie A, ya que era difícil que en el resto del mundo se televisaran sus partidos en competiciones europeas. Existía una expectativa enorme por verlo en acción. Su espíritu contagiaba. El líder en lo futbolístico era también el que tenía la voz de mando en el vestuario. Era Messi con el temperamento de Puyol; Cristiano con el ímpetu de Pepe.

En pleno apogeo, Maradona fue invitado a presenciar la final de un torneo de un barrio napolitano, un partido que se jugó en una cancha sin césped, sin tribunas, con los vecinos de pie al borde del campo de juego. Maradona decidió participar en ese partido, sin importarle si lo lesionaban, y al minuto marcó un gol de antología al eludir a cinco rivales y definir con la clase que lo caracterizaba. Ahí terminó la final. ¡No importó quién ganó! Lo levantaron en andas y dieron la vuelta olímpica con él … Se emocionaron … Y cantaron su canción hasta quedar afónicos: “O mamma mamma mamma … o mamma mamma mamma … sai perche' mi batte il corazon? …  Ho visto Maradona … Ho visto Maradona … eh, mamma', innamorato son.”